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martes, 10 de septiembre de 2013

Mi día y mi noche

Pensamientos me rondan la cabeza. Nada del otro mundo, nada que no le pase a nadie, son pensamientos normales: sobre amigos, estudios, familia, mi casa, ... y también cosas más concretas: lo que comeré ese día; lo mucho que brilla y calienta el sol, pero la sensación ligera de frío que me atormenta si paso un rato parada a la sombra; el brillo de ese faro de coche en mitad de la noche; un "¡vaya!" cuando la luz atraviesa mi pelo y se distinguen mejor los matices rojizos; o un notable olor a pintura que me acompaña una noche.
Aún con los ojos cerrados, me acuerdo. No quiero abrirlos: aún es pronto y quisiera dormirme otra vez. Pero sé que no es posible, así que alargo el brazo, agarro el móvil, levanto un único párpado y compruebo que aún quedan un par de horas para que suene el despertador. Y me acuerdo. Y me sigo acordando durante el resto del día, porque sí. Es como una sombra que siempre me acompaña, pero que no está presente. Quiero contarle todo, desde que tengo un examen ese día hasta que tropecé con una piedra en mitad de la acera. Era grande, debería haberla visto, de hecho iba mirando cerca de ella, pero no fue así. Así que di un traspiés mientras agité los brazos en el aire en un espacio de tiempo tan corto, que casi no se vio. Un paso más adelante yo iba caminando con toda la tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Pero ocurrió. Una simple minucia, una tontería, pero quiero compartirla. Quiero compartirla con él, porque sí, porque es mía, y empiezo a querer un "nuestro de todo lo "mío".
Sin tener claro cómo se ha ido haciendo hueco. Un hueco mullidito, cómodo y confortable dentro de mi cabeza. Y no parece un huésped con muchas intenciones de marcharse. De repente, sin haberlo pedido, mi día y mi noche son suyos. No, suyos no. Nuestros. 

                                         

viernes, 14 de junio de 2013

Pedacito de felicidad.

Voy a hablar de una felicidad muy concreta. De la del fin de examenes, de cuando sales por la puerta, esa puerta grande, de madera en mi caso, y suspiras bien fuerte. Piensas: "se acabó, eso es todo. Ya no tengo que volver a casa a estudiar. Ya no tengo que darle vueltas a más preguntas ni asignaturas. Ya puedo relegar mis apuntes al fondo del armario". 
Y te sientes tan bien, tan limpia, tan llena de vida, que de repente notas mucha energía acumulada que quieres liberar. Cada uno lo hará de una forma distinta, pero yo he comenzado con no coger el autobús y dar un fantástico paseo. Con el cosquilleo del sol en la piel, la música sonando en mis oídos y los pensamientos alegres de mi interior, todo parece mucho más sencillo y alegre. 
Sé que es una entrada sin mucho contenido que no creo que nadie considere interesante, pero me gusta expresar mi felicidad por este medio también. Así que ahí va la imagen de cierre:

                                   

martes, 16 de abril de 2013

Lo más complicado del mundo

No sabía yo que podía haber cosas tan complicadas. Está bien, sí, que me crezcan alas o eche fuego por la boca, aparte de estúpido, es complicado, por no decir físicamente imposible y levantar un camión con una mano, además de sinsentido... sí, sigue siendo físicamente imposible. Pero me refiero a algo probable, algo que de hecho le puede pasar a cualquiera.
Tenerlo "todo" y de pronto, como en un soplido, no quede nada. No poder tocar, oler, acariciar, y ni siquiera mirar. Saber que sólo quedan recuerdos, recuerdos que tienes que intentar apartar constantemente, pero es tan difícil como apartar las gotas de agua que se pegan a tu cuerpo en medio del mar. Y así me siento: sumergida, ahogada, sin aire.
Como si tuviera un boquete en medio del pecho. Un boquete gigante en un cuerpo diminuto. Me siento del tamaño de un botón y tan frágil como un cristal a punto de tocar el suelo. Y todos quieren que sonría, que salte, que ría. ¿Y si no quiero? ¿Y si no puedo? ¿Y si lo que me sale es sumergirme entre sábanas y quedarme ahí hasta que pasen meses? ¿Y si lo que quiero es sumirme en mis pensamientos y  adentrarme en la nostalgia? ¿Y si lo que quiero es volver al principio?
"Nunca, nunca" me repito. Pero suena tan estúpido. Me convenzo, hablo con quien lo afirma más rotundamente que yo, y me digo: "nunca". Pero veo cualquier cosa y empiezo de nuevo. Me distraigo, pero mis pensamientos ganan a mi distracción. No puedo estar eternamente distraída. ¡Y lo que me cuesta! "¿Y si...?" empiezo. Pero lo callo, lo estrujo, lo ahogo, y ya sólo es un susurro, hasta que lo libero creyéndome ganadora y lo grita, lo grita muy alto. Tan alto que nadie más que yo lo escucha. Pero está ahí, sigue ahí, sigue con sus "¿Y sí?s", con sus recuerdos, con sus ganas, con su fuerza, con sus amarres. Y no quiero escuchar, pero de nada sirve que me tape los oídos. Y entonces vuelvo a mi mantra: "nunca, nunca, nunca". Y se me hace la palabra más fea del mundo. Es fea, pero es mía, es toda para mí, es el único "todo para mí" que tengo. Debo aprender a encariñarme de ella, a que se me haga suficiente, a mirarme al espejo. Y cuando todo vaya mal, cuando vuelva a pensar en caer, sólo tendré que recordar a mi nueva y fea amiga.
Nunca.

domingo, 3 de marzo de 2013

Soledad


Y despertó. Con los ojos abiertos, en una cama vacía, mirando el techo. Sólo había calor en la parte que ella ocupaba; al echar su brazo a un lado comprobó que la otra mitad estaba helada. Rodó hacia ese lado y se hizo un ovillo. No había nadie, estaba sola. Completamente sola. Se ahogaba entre tanto espacio. No había lágrimas, pero apretaba los ojos como si las hubiera. Se tapó aún más con el edredón, tratando de transmitirle calor al tejido que había bajo ella. Se imaginó pasar el resto de sus días así, durmiendo en una cama igual de vacía y fría. Sintió algo que le oprimía la garganta. Se incorporó, agarró el frasco de pastillas de su mesilla de noche, se tragó unas cuantas con ayuda del vaso de agua que hacía compañía a caja sobre la mesa y volvió a sumirse en un profundo sueño que la alejó de sus miedos, de su realidad y de su escasa valentía para afrontarse al mundo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Quiero ser gorda


Desde pequeña, la gente me señalaba por la calle. Decían cosas como: “esta chica está en los huesos”, “no la darán de comer en casa” o “¡qué jóvenes empiezan con la anorexia!”. Y mis padres me alimentaban bien, no pretendían mi delgadez, ni yo la buscaba. Era algo genético, supongo. Y al ser de estatura baja, aún parecía más delgada.
En el colegio, los demás chicos se reían de mí, me ponían motes como “escobilla” o “escoba”, y a veces se entretenían levantándome por los aires. Al principio gritaba mucho, luego me di cuenta de que eso les divertía, y me mantuve callada. Funcionó, pero les resulté menos “divertida”.
Mi mejor amiga era una chica muy blanca de piel, pero sin pecas, con el pelo sedoso, sin gafas, sin aparato de dientes, e iba vestida a la última moda. Pobre, era el blanco de las burlas en la escuela: lo tenía todo. Pensé en reírme de ella yo también, para sentirme mejor, ya saben, eso de “métete con alguien más débil y dejarás de parecerlo tú”, pero preferí hacerla mi amiga. Las primeras veces pensaba que me burlaba de ella, o que sólo quería llegar más lejos con las bromas; luego se convenció de que éramos dos blancos fáciles, y que por tanto lo mejor era aliarnos.
A pesar de ella, me alegré cuando acabé de estudiar. Pensaba que con gente más madura, no me tratarían de esa forma. Y es cierto que no me alzaban por los aires, ni me pegaban chicles en el pelo, ni me tiraban por las escaleras. Pero seguían haciéndome bromas, más sutiles esta vez, y seguían cuchicheando a mi paso. En la escuela superior, en el trabajo y hasta en mis ratos de ocio.
Conozco gente con problemas como los míos: gente que se encerró en casa y hace la compra por Internet; gente que se muda y se muda de ciudad buscando un sitio donde encajar; gente que se pone barriga falsa, gafas sin graduación o muletas, entre otras cosas, pero siempre acaba saliendo la verdad a la luz y resultan más humillados que antes. Y también hay gente que pasa por quirófano.
Así que aquí estoy yo: intentado ser como el resto, intentando ser normal, ser perfecta, ser feliz. Compro alimentos altamente calóricos, limito mi actividad física cuanto puedo y he ido a sitios especiales para engordar. He probado fármacos, y hasta algunos de contrabando. Mi familia y amigos me apoyan, noto menos presión desde fuera desde que se empezaron a notar los resultados. Hoy es un día especial: he conseguido que no se me caiga una 44. Sé que voy por buen camino, sólo necesito tiempo, y seguir adelante. Sin duda afirmo, delante de todos ustedes que quiero ser gorda. Y lo voy a lograr.

viernes, 25 de enero de 2013

A casa

Recuerdo aquella vez, en la que me sonreías con timidez, y procurabas apartar la mirada. Y cómo tus manos se escondían en los bolsillos, y te ocultabas tras un espeso flequillo. Recuerdo cómo me acerqué, te tendí la mano y te ofrecí mi ayuda para cruzar la carretera. 
Te ofrecí comprarte caramelos, y dijiste que eso era de niños pequeños. "¡Claro!" exclamé, "tú ya no eres un niño pequeño", y sonreía mientras observaba tu escasa estatura y sostenía tu manita entre la mía. "¿Qué quieres, entonces?". "Yo quiero una moto. Una de verdad". "¿No crees que es peligroso?". "No", respondiste, completamente serio. "No puedo comprarte una moto ahora, no llevo tanto dinero. ¡Mira, un kiosko de helados! ¿No te apetece uno? A mí sí, uno muy grande, con mucho chocolate". Te mantuviste callado, hasta que entregué unas monedas y me dieron el que había pedido. Entonces señalaste uno en el cartón con el dibujo de todos los disponibles, y dijiste: "me gusta". "Para ti, entonces". Y te lo compré. 
Al cabo de un rato, te pregunté: "¿estás contento?". Te encogiste de hombros, pero yo vi esa mirada reluciente mientras dabas lametones a tu helado, yo vi esa mirada curiosa cuando entraste en casa y preguntastes por la televisión, yo vi esa mirada calmada un segundo después de arroparte y uno antes de que cerraras los ojos. Supe que te sentías en casa, supe que te sentías un hijo, por primera vez.
Desde ese día, no volviste a soltar mi mano cuando cruzábamos un paso de cebra.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

14-N


Hoy es día de Huelga. De Huelga con mayúsculas, porque mayúscula es también la razón. El problema, el enorme problema que ha causado tanta pena, tanta ira y tanta impotencia. ¿Impotencia? El pueblo no debería sentirse impotente, no debe, no puede. Porque del pueblo es el poder, y la razón, si sabe usarla. ¿Y sabe? Hoy es una ocasión más para demostrarlo. Para demostrar cuantos inconformados hay, cuántos capaces y dispuestos a luchar por una España, una España que no quede al amparo de políticos corruptos, que poco a poco, les van quitando todo.
Recortaron en educación y en sanidad: nos dejaron incultos y enfermos, totalmente a su merced. Subieron el I.V.A., dejándonos, además, pobres. ¿Y qué hicimos? Llorar en silencio, por miedo. Por miedo a ser despedidos, por miedo a ir a la cárcel, al hospital o bajo tierra. ¿Y por qué a esto último, señores? Porque los policías, corruptos también, se dedicaron (y se dedican) a apalear a desheredados manifestantes inocentes, gente que sólo protestaba por la pérdida de sus derechos, por quedarse enfermo, inculto y pobre, por tener la grandiosidad de España nada más que en recuerdos; capaces son, incluso, estas fuerzas (brutas) del Estado de ir a por niños, discapacitados o ancianos; armados hasta los dientes, protegidos como si los ciudadanos fuéramos terroristas, no dudaban en cargar siete a uno, y veinte a uno, si hubieran podido.
No podemos seguir con miedo. Ellos alimentan nuestro miedo, y nos dejan acobardados y con las cabezas gachas, cual pueblerinos del medievo, viviendo por y para su señor, trabajando y muriendo por él. Y si las fechas no me fallan, ese modelo de vida se fulminó hace demasiado tiempo como para volver a él. Estamos en el siglo XXI. ¿Vamos a dejar que nos traten como a mulas de carga? Somos personas. Personas con familiares y amigos, personas unidas. Y somos muchas. Si nos unimos, podemos demostrarles de lo que estamos hechos, podemos demostrarles que esto de que ellos vivan con millones de euros robados y a nosotros nos desahucien porque no tengamos trabajo para pagar se ha acabado. 
Porque además algunas de las grandes empresas han sacado provecho de la crisis económica. Han reducido el número de trabajadores, repartiendo entre ellos el trabajo de los que despidieron, y exigiéndoles, por tanto, mucho más; han reducido sus sueldos, y les amenazan de despido ante la mínima queja o falta leve. Y hay miles de personas deseosas de ocupar el puesto de otros, así que la empresa no tiene por dónde ser amenazada, a su vez, para llegar al equilibrio. No pueden ser demandadas, porque la justicia lenta y corrupta de este país está del lado del poderoso. ¿Y cuál es nuestra respuesta ante esto? Tenemos crisis de ansiedad y llantos nocturnos.
Es momento de levantar las cabezas, unirnos y demostrarles que no vamos a consentir que se nos siga explotando. Mejor un día sin sueldo o sin clase, a una vida de opresión.
Manifestación desde Atocha a las 18:30 (Madrid) 

viernes, 12 de octubre de 2012

Zapatos


Eran unos zapatos tirados en la alfombra lo que le hicieron ver lo que vendría. De tacón alto, de esos que a ella tanto le gustaban. No necesitaba escuchar los sonidos provinentes de la habitación, ni anunciar su visita, ni llegar al dormitorio, para saber que éste ya estaba ocupado. Ella, quien tanto amaba el orden, no parecía molesta por el desorden: ropa desperdigada en todas direcciones, pero teniendo como epicentro la cama. Y ambos allí, sobre las sábanas, aún ignorantes de su presencia.
Se acordó de los zapatos. Habían sido un regalo de cumpleaños que él mismo eligió. Lo pagó de su bolsillo. Y ahora estaban ahí, sobre la alfombra. Pensó en recoger uno de ellos. Podría golpear la cabeza de ese hombre con él, hasta que quedaran rojos. Y luego coger el siamés y hacer lo mismo con ella. Gritarían. Les dolería tanto como a él. Sufrirían, y él podría sentirse vengado.
Pero en su lugar dio media vuelta y echó a los zapatos una última mirada de reojo antes de desaparecer por la puerta.

martes, 18 de septiembre de 2012

Una mañana


Hay un sentimiento cálido dentro de ella. Abre los ojos y lo encuentra tumbado a su lado, sonriéndola.
-Buenos días, princesa.
Deposita un beso en sus labios, otro en su frente, y la pregunta:
-¿Quieres seguir en la cama un rato?
-Claro, contigo.
Continúan abrazados hasta que los brillantes rayos de sol que entran por la ventana les incitan a levantarse.
-Vamos a la ducha.
Unos minutos después, se abre la puerta del baño, y salen unos pies descalzos que se dirigen a la cocina. Él la observa desde atrás: lleva su camiseta, que le queda ancha y grande, pero le queda bien. Le gusta como cae el pelo por su espalda, y la forma que tienen sus piernas asomando por debajo de la camiseta mientras camina.
-¿Qué te apetece desayunar?-dice, mientras la alcanza y la besa en el cuello.
-Tostadas.
-Me parece estupendo. Yo las hago.
-Yo voy calentando la leche.
Mientras esperan a que se caliente el desayuno, se observan. Sonríen, se abrazan y se besan dulcemente.
-Te quiero preciosa, eres lo más bonito que tengo. Nunca te me vayas.
-No tengo pensado irme de tu lado.
Dan la vuelta al pan, y él la besa la mejilla.
Para cuando terminan de desayunar, la bandeja está abandonada encima de la mesa. Pero ellos no se han olvidado del otro. Y no lo harán nunca.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Amor

Hablemos del amor. De lo que significa. De esa acuciante sensación en el pecho. ¿Recuerdas la primera vez que lo viste? ¿Pensaste desde ese momento que sería para ti, que un día como hoy sólo querrías tenerlo cerca, y que eso parecería lo más importante? Yo recuerdo la primera vez que miré sus ojos, ojos tostados, de color chocolate. Vi timidez, vi simpatía, vi belleza. Y un par de segundos después, ya estaba carcajeando con sus bromas. No, no sabía que él sería para mí; pocos lo saben desde el principio. Pero eso apenas importa cuando la profecía se ha cumplido, el coche ha pasado de largo, los pitidos han dejado de sonar y estáis a solas, mirándoos fijamente, incapaces de dejar de sonreír.
Se convierte en EL pensamiento. Ese que tienes al despertar, al vestirte, al mirarte al espejo, al observar a la gente, al escuchar música, al hablar, al irte a dormir. Se transforma en un pequeño ser dentro de tu cabeza que te acompaña allá donde vayas.
"No tengas miedo del monstruo del armario, ni de Slender, ni de mi", parece decirte. "Los primeros no existen, y si existen, yo te protegeré. De ellos, o de cualquier cosa que quiera hacerte daño". Eso te dice sin palabras, mientras te abraza, y te promete que siempre estará contigo. Y por supuesto que le crees, porque sabes que lo dice en serio, y que, al igual que él para ti, te has convertido en lo más importante.
La idea de saber que no podrás verle en una temporada te llena de pena, te seca la garganta, e incluso puede marearte. Por eso antes de la partida te llenas con su presencia, con sus abrazos y sus besos. Te conviertes en un animal preparándose para la larga y fría hibernación.
¿Y qué es eso que suena? Su risa, ¿no te parece realmente deliciosa? Un sonido del que no te cansas, y que está acompañado de felicidad.
El amor. ¿Qué es el amor? ¿Mariposas en el estómago? Eso puede ser hambre. ¿Ganas de verle? Eso también te pasa con otra gente. ¿Qué lo hace diferente de las relaciones paterno-filiales o de la amistad? ¿Los celos? Son falta de confianza. ¿Los besos? Se pueden dar a desconocidos. ¿Entonces qué?
Él.

domingo, 26 de agosto de 2012

Falta de inspiración

De repente no se te ocurre de qué hablar. Te vienen pequeñas ideas difusas, que no logran atraer del todo la atención necesaria para ser procesadas correctamente. Piensas que podrías hablar de música, de libros, de películas, de series... ¿pero de cuales? ¿Y de qué manera? Así que acabas hablando de la nada, de la ausencia de ideas, y de lo bien que le vienen a otros. Les miras con atención, observas sus expresiones faciales: sí, parecen estar pensando en algo interesante, están sumidos en sus pensamientos, y de pronto, parpadean. Sabes que tienen una idea, una nueva diferente, brillante, y que buscan con la mirada alguien a quien contarlo o algún sitio donde escribirlo. ¿Y yo? Yo me quedo mirando, a la espera de que eso me pase a mí. Pienso en agua, en peces, en flores, en tierra. ¿A qué me lleva todo eso? A un callejón sin salida. ¡Pero espera! Hay algo en los muros del callejón. Sí, sí, acércate, míralo de cerca. Es una pegatina pegada a un ladrillo del fondo. Una pequeña flecha negra ribeteada de blanco. "Sigue observando" dice. Y señala hacia un lateral. ¿Qué hay en ese lateral? ¿Sólo ladrillo? No, claro que no. En realidad, hay todo lo que quieras que haya. Usando la imaginación, retirándose la pereza, como si de una pesada manta se tratara, encuentras ideas. Quizá no sean muy lustrosas, pero siempre parece haber tiempo para sacarles brillo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Una última mirada


María sospecha que esos son sus últimos segundos de vida. Está totalmente entubada, y nota que le va faltando el aire, aún así, y que le cuesta trabajo mantener los ojos abiertos. Mira la vacía habitación de hospital, esperando que la puerta se abra y entre la mejor persona que hay en su vida, a la que desea ver antes de morir: a su marido.
No sabe cómo ocurrió el accidente, sólo recuerda que era de noche, que conducía, y que de pronto, un camión se le cruzó. No recuerda, porque no estaba consciente, el tiempo de espera hasta que llegó la ambulancia, ni el camino de ida hacia esa habitación. Tan blanca. Sólo una silla verde al otro lado le da algo de color.
Escucha unos pasos en el pasillo. ¿Puede ser...? La puerta se abre. Y ahí está: cansado, nervioso, preocupado, pero está. Acude a su lado y la toma de la mano.
-María.
-Te quiero-susurra. Cierra los ojos, dejando en su retina lo último que vio antes de dejar el mundo: a la persona por la que y junto a la que le ha merecido la pena vivir.

domingo, 5 de agosto de 2012

En el cielo

Estoy tocando el cielo; si estiro el brazo puedo saber cómo de algodonosas son las nubes. Mi piel está siendo acariciada por un tierno rayo de sol que ondula entre las blancas sábanas del horizonte. Las palabras se convierten en susurros, para no restallar en el profundo silencio de la madrugada, y son acompañadas por el balanceo que produce la brisa. El tiempo parece pararse, pero en realidad avanza raudo hacia su propio final, conversando con los pensamientos que transportan las neuronas. Axones, dendritas, encargaos de transmitir el mensaje, es importante; saber todo lo que la piel puede percibir, también resulta relevante.
Aún quedan tonos violetas, que se van mezclando con los azules, hasta conseguir una tonalidad mixta tan predecible como sorprendente. Cierro los ojos, respiro y permito que ese rayito de sol me haga cosquillas, sabiendo que la sonrisa no tardará en llegar a mis labios.

lunes, 30 de julio de 2012

Vergüenza

Está ahí, latiendo bajo la piel. Se pega a los huesos, se atornilla a los músculos, se enreda en el Sistema Nervioso y se hace notar. Las mejillas se sonrojan, la cabeza se baja y la sonrisa se esconde. Sujeta las muñecas y pregunta:
-¿Te quito la vergüenza?
No es tan fácil. Pero intentarlo no parece complicado.
Entre tiempo y tiempo, abraza y susurra "sweet child o' mine".
¿Se escuchan? Son latidos de corazón, agitados pero acompasados. Late, pequeño músculo, no dejes de hacerlo, continúa. La piel se pega, los ojos se observan. Vence la vergüenza, es posible. Todo parece posible ahora. Respira, vive. Detén el tiempo, que no pase ni un segundo más. No es posible, lo sé. Pero lo sigue pareciendo. 

viernes, 27 de julio de 2012

Dulce

No sabía que unas almendras de chocolate pudieran ser tan dulces. Se derriten, con Sol o sin él, y emanan una suavidad irrefrenable. Apetece quedarse junto a ellas, mirarlas, comerlas. Apetece que nunca falten: sería tan horrible tener que echarlas de menos... El chocolate es tan líquido que parece que se pueda sumergir en su interior, navegar en profundos mares oscuros y beberlo a grandes tragos.
Y si el almendrado chocolate parece suficiente, aún hay más: éste queda rodeado por una nube de algodón de azúcar, tan suave que apetece usarlo de almohada. Es igualmente dulce, pero nunca hasta el punto de ser algodonoso. Y entre el manto de algodón hay pedazos de caramelo, de tiznes oscuros e igualmente dulces. Su sabor es comparable al trabajo del mejor respostero.
En definitiva, todo un apetitoso postre, todo un manjar. Todo un dulce de almendras con chocolate.

miércoles, 25 de julio de 2012

Juguemos

Vamos a jugar a algo que no habías jugado antes. Cierra los ojos, y dame la mano.
Yo te llevaré a un bosque encantado, repleto de hadas y duendes, y algún que otro dragón, de los que no hacen daño. Tienes que pisar el suelo con cuidado, no sea que caigas en una ciénaga; pero no has de preocuparte, yo estaré ahí para sacarte de ahí, al otro lado de tu brazo.
Respira fuerte, ¿lo hueles? Son violetas, dispuestas a perfumar tu cabello. Y si te fijas bien, tienen un brillo especial, y son más grandes de lo normal. Aquí no hay insectos polinizadores, ni de ningún otro tipo. Es un lugar donde nada puede picarte ni hacerte daño.
Allí, a lo lejos, hay verdes praderas húmedas, donde poder revolverse entre la hierba, ¿qué te parece el suave tacto?
Sonríe, vamos, lo estás deseando. No hay nadie más que pueda ver tu expresión de felicidad, así que despreocúpate.
Solo hay una pega: no puedes abrir los ojos. Si los abres, descubrirás que no hay dragones, hadas ni duendes; que las ciénagas no son más que charcos; que las escasas y pequeñas violetas no huelen muy fuerte; que hay muchos molestos insectos; y que las praderas son más pequeñas y sucias de lo que esperabas. Pero hay algo que no cambia: si miras al final de tu brazo, yo seguiré ahí, para salvarte de los charcos e inventarme bosques encantados.

domingo, 22 de julio de 2012

Síes y alfombras

-Sí.
Es increíble lo que da de sí una palabra, lo mucho que se puede pensar en ella y lo emocionante que resulta el camino a recorrer.
Observo sus ojos, y lo que me dicen. Lo que dicen cuando no hay palabras, e incluso cuando me esquivan. Lo observo detenidamente. Pienso en él, en todo lo que significa, en lo que podría significar. En lo que es y en lo que podría llegar a ser. Y repito lo que ya ha oído.
-Sí.
Y sonríe. Sonríe como si escuchara la mejor noticia de su vida, como si eso le hiciera el hombre más feliz. No puede evitar abrazarme, y yo no puedo evitarlo tampoco, ni lo pretendo. Porque yo ya tenía ese sí en mi cabeza, pero ya se sabe, no es igual saberlo que oírlo, dejar que los sonidos se mezclen con el aire y fluyan. Y dejarlos fluir es sumamente gratificante.
Esto es todo una aventura. Una nueva, brillante y lustrosa. Es como tener enfrente una gran mansión, y una alfombra roja a los pies. Hay miedo de adentrarse, miedo de romper o manchar algo, de no saber apreciarla como merece.
-Perdón-se dice, por adelantado.
-No tengo nada que perdonarte, pero mucho que ofrecerte.
Y con esa frase, se toma valor para pisar la alfombra.

martes, 17 de julio de 2012

Frío

Hablemos del frío. Del frío que hiela los huesos y llega hasta el alma, del frío que no se quita con el Sol, con calefacción, ni con mil mantas. Hablemos del frío de sentirse solo, de cuando te rompen el corazón, de cuando no queda nada bueno.
Hay pedazos congelados de ti, esparcidos por el suelo. Nadie puede verlos, por eso la gente pasa a tu lado sin verte, y los pisa, los deja ahí, a veces hasta resbalan con ellos sin entenderlo. Y pasan de largo. Pero tú sigues ahí, teniendo frío, en un rincón, tiritando. Esperando que llegue ese calor especial que derrita el hielo y te recomponga. Con paciencia, con tiempo, con amor.
El tiempo pasa. Y tú estás de pronto delante del mar, con el viento hacia ti. Miras la profundidad y quieres saltar, para que ésta sea la última vez que pasa frío. Doblas las rodillas, tomas aire y aguardas. Has oído algo. Tu nombre. Notas una mano en tu hombro, que lo repite. Te giras, y ahí está. Un rayo de Sol, dispuesto a quitarte el frío.

miércoles, 27 de junio de 2012

Copito y Miss Sunshine

Érase un pequeño copito de nieve. Como todos los copitos de nieve, no aguantaba el calor, y odiaba los bichos. Era totalmente blanco, de esos alargados y finitos que miran con envidia esos otros totalmente redonditos, con una figura esférica perfecta. Le gustaba desplazarse con el viento y quedarse cerca de los ventiladores; entraba raudo por las puertas de los centros comerciales en verano, buscando el frescor del aire acondicionado, para evitar ser una gota de agua en el suelo, a merced de cualquier pie que se le posara encima. Se tomaba su tiempo en los desplazamientos, y no le gustaba demasiado acompañar a otros copos de nieve.
-¡Hay mucho espacio!-siempre decía.-Y prefiero estar con mis pensamientos.
Es por eso que se pasaba gran parte del día pensando. Pensando en sus cosas favoritas: el invierno, el Polo Norte, la Navidad, viajar, y el color blanco. También le gustaba el azul, pero eso podía indicar hielo derretido, y eso no le agradaba tanto. Uno de esos días en los que empieza a terminar el invierno, se encontraba flotando por la calle, cuando algo cayó sobre él y lo derribó.
-¡No, socorro!-gritaba.
-¿Qué ocurre, qué ocurre? ¿A qué tanto grito?
-¡Quítate de encima, apártate! ¡Voy a derretirme!
Y es que lo que había caído sobre él era un pequeño rayo de sol perdido.
-¡Disculpa!-y la despistada se echó a un lado.-Estaba distraída y no te vi. Me llaman Miss Sunshine, ¿y a tí?
-No me llaman de ningún modo. Me llamo Copito.
-¿Copito? Curioso, pero... me gusta-y le dedicó una sonrisa tan deslumbrante, que él tuvo que esconderse detrás de una farola.
-¡Para ya! Y, Miss Sunshine... ¡Qué nombre tan extraño! Y tú también lo pareces.
-¿Yo? ¿Por qué?
-¿Dónde están los otros rayos? ¿Y por qué te paras a hablar conmigo? Nunca vi ningún rayo de sol que se parara a charlar con un copo de nieve.
-¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo? Mientras que no vuelva a caer encima de ti, no hay peligro. Y los otros rayos... no lo sé. Iba con ellos, pero me perdí-y en este punto agachó la cabeza, avergonzada.
-No te preocupes, tranquila. Yo te ayudaré a buscarles.
-¿De verdad?
-Claro, y así podrás seguir con ellos, y no tendré riesgo de derretirme.
-Bien.
Comenzaron la búsqueda: él pegándose a la pared, buscando las mínimas sombras, y ella  una distancia prudencial, buscando a sus compañeros. De pronto, él soltó un alarido.
-¿Qué ocurre?
-Un bicho. Mírale.
Una hormiguita cargaba una miga de pan y se movía en dirección a Copito.
-Calma-dijo Miss Sunshine, justo antes de ponerse delante de la hormiga.-Hormiguita, apártate un poco, que asustas a mi amigo.
El pequeño insecto cambió su trayectoria, y Copito miró agradecido a Miss Sunshine. Siguieron avanzado, y él iba perdiendo el miedo a derretirse, así que permitía que ella estuviera lo bastante cerca como para conversar. Llegaron a una gran avenida.
-Mira, ahí. Junto al árbol.
Y efectivamente, ahí estaban los compañeros de Miss Sunshine, entreteniéndose haciendo formas en el suelo al pasar entre las ramas de los árboles.
-Creo que es el momento de la despedida. Te echaré de menos. Ha sido un placer conversar con un copito de nieve. Sois muy curiosos.
-No te sientas triste. Nos veremos otro día, seguro-hablaba mirando al suelo, incapaz de levantar la vista.
-¿Me lo prometes? Siento haberme caído encima de ti.
-Bueno, es lo mas entretenido que me ha pasado esta semana. Y no me importaría seguir conversando contigo.
-¿Intentas decirme algo?
-No te vayas con ellos. Quédate conmigo.
-Pero somos un copo de nieve y un rayo de sol. Es una mala combinación.
-Arriesgada, quizá difícil, pero no mala. Malo sería no volver a verte.
-¿Entonces? ¿Qué propones?
-Vernos a menudo. Pero necesitaré mi tiempo a solas para recuperarme y no derretirme.
-¿Me concederás el resto de tu tiempo?
-Sólo si tu me concedes el resto de tu existencia.
-¿No es lo mismo?
-Lo sería, si no fuéramos tú y yo.

viernes, 8 de junio de 2012

Fingir

Finjamos que no existe el dinero, que nada ha de comprarse. Finjamos que seguimos siendo iguales ante la ley, que nadie parece mejor que nadie. Finjamos que la Luna siempre está llena y la lluvia nunca cae sobre este tejado. Finjamos que no tienes que irte, que no llevas prisa, que te quedarás aquí. Pero debemos fingir bien.
Ven, yo te pongo otra almohada más y te abro las sábanas. Ahora duerme, que se hace tarde. Pero no para irte, es tarde para estar despierto. Tarde para pensar en algo más que no sea descansar conmigo. Para cuando despiertes, te sentirás mejor: tendrás delante de ti un buen plato de comida y yo seguiré contigo; cuando te asomes por la ventana, verás sólo un brillo plateado, reflejo del gran satélite; cuando quieras dar un paseo verás que todo está limpio; y cuando abras el buzón, encontrarás una disculpa de los ladrones.
Es hora de fingir. Es hora de tomarnos la vida como si sólo tuviera lado bueno. Mas no lo olvides: siempre hay que dejar de fingir, y hay que ponerle fecha. Digamos mañana, digamos dentro de un mes. Digamos que cada vez que nos miremos a los ojos, el mundo será como debería ser. Y no olvidemos que al apartar la vista, todo volverá a ser como es.