domingo, 12 de agosto de 2012

Una última mirada


María sospecha que esos son sus últimos segundos de vida. Está totalmente entubada, y nota que le va faltando el aire, aún así, y que le cuesta trabajo mantener los ojos abiertos. Mira la vacía habitación de hospital, esperando que la puerta se abra y entre la mejor persona que hay en su vida, a la que desea ver antes de morir: a su marido.
No sabe cómo ocurrió el accidente, sólo recuerda que era de noche, que conducía, y que de pronto, un camión se le cruzó. No recuerda, porque no estaba consciente, el tiempo de espera hasta que llegó la ambulancia, ni el camino de ida hacia esa habitación. Tan blanca. Sólo una silla verde al otro lado le da algo de color.
Escucha unos pasos en el pasillo. ¿Puede ser...? La puerta se abre. Y ahí está: cansado, nervioso, preocupado, pero está. Acude a su lado y la toma de la mano.
-María.
-Te quiero-susurra. Cierra los ojos, dejando en su retina lo último que vio antes de dejar el mundo: a la persona por la que y junto a la que le ha merecido la pena vivir.

jueves, 9 de agosto de 2012

Instinto maternal


Hoy voy a hablar de algo que me fascina, me encandila, me emociona, me interesa y, sobre todo, cuya presencia física cercana me convierte en un ser balbuciente y onomatopéyico. Sí, por supuesto, me refiero a los bebés, esos encantadores seres mofletudos y de grandes ojos.
 

No sé si se debe a las hormonas, al instinto maternal, a que yo soy así o a un poco de todo, pero en el momento en que veo a uno de estos risueños, me apetece cogerlo entre mis brazos, llenarle las mejillas de besos y hacerle mil y una tonterías para que se ría. Pocas cosas hay más bonitas y más sinceras que la sonrisa de un bebé.


Todos me parecen preciosos, dignos de los mejores anuncios de pañales. Y son tan encantadores cuando duermen, con sus puños cerraditos o sus manos entreabiertas, entre las que deseas enroscar un dedo tuyo. Y de pronto, ¡ah! sueltan un bostezo que te hace sonreír, por dentro y por fuera, y querer quedarte mirando a ese angelito toda la noche.

Y esa cara de asombro tan característica cuando algo le sorprende. Están tan poco hechos al mundo que este es un gesto totalmente normal en un bebé.
 

O cuando ponen esa otra expresión de preocupación, con las pestañas casi en pendiente hacia los lados.
 

¿Qué hay de cuando parece que te observan sabiamente? Quién sabe, quizá no sólo lo parezca.

Y para despedirme, te dejo con otra imagen, una que representa lo que deberías hacer siempre.

Exacto: sonreír y observar el mundo desde ese lado inocente y divertido.
Espero que te haya gustado este post. Y no olvides comentar, si te ha encantado.

martes, 7 de agosto de 2012

"La naranja mecánica"

Esta va a ser una entrada un poco diferente. Voy a hablar del libro La naranja mecánica, de Anthony Burgess. Es una novela llevada al cine por Stanley Kubrick.Se la considera una novela distópica (con una utopía perversa y totalmente opuesta a la sociedad ideal).

                                                                  
 En esta obra encontramos al joven protagonista, Álex, que vive con unos padres que todo le permiten, en una sociedad controlada por la ultraviolencia y el consumo de drogas. Existen los bares lácteos, donde venden leche con drogas, como el Korova, que visitan a menudo Álex y sus drugos. Los jóvenes utilizan una jerga distintiva, llamada "nadsat", la cual viene sobre todo del ruso. Álex se relaciona casi por completo con sus tres drugos (amigos), y juntos, realizan "actividades realmente joroschó (buenas)", en palabras del propio Álex, pero sin duda, no del propio lector. Se dedican a la ultraviolencia, lo que va desde palizas, incendios y violaciones hasta asesinatos. Consiguen una buena coartada, pagando la cuenta de unas viejas ptitsas (mujeres) en un bar, a cambio de que ellas digan que no se movieron de allí.
En una de sus correrías nocturnas, Álex mata a una mujer que vive con sus cotos (gatos) y es apresado y abandonado por sus drugos, a los que deja de considerar como tales, y llama brachnos (bastardos) y es llevado a la cárcel durante dos años. Allí, sus deseos de cracar (golpear, destruir) no disminuyen, simplemente, aguarda paciente el momento de salir, comportándose como un málchico (muchacho) realmente joroschó.
Le dicen que puede salir, si se somete a una nueva técnica creada por el Estado durante quince días. Esta técnica conductista consiste en ver imágenes de ultraviolencia acompañadas de música clásica fuerte, como la Novena de Beethoven, preferida del protagonista, mientras se siente físicamente mal debido a una inyección previa a la visualización que provocaba: nauseas, dolores, calambres, sed y ganas de morir. Al acabar esta terapia le ponen en libertad: han logrado que sienta una completa repulsión física por la violencia, y que torne su actitud hacia una servil y amable; por supuesto, no hay cambo cognitivo alguno, pero los resultados externos son notables.
Posteriormente, sufre una tortura por unos enemigos del Gobierno, uno de los cuales es el marido de la mujer que asesinó, y de esta metodología, para probar lo nociva que es, y Álex intenta suicidarse, sin lograrlo. Allí, por órdenes del propio Gobierno, le "recuperan" de la terapia, y vuelve a ser el Álex que era en un principio, consigue una nueva pandilla y se dedica a lo mismo que hacía antes de ser detenido. Y entonces, tiempo después, se reencuentra con Pete, uno de sus antiguos drugos. Está casado, con sus veinte años, tiene una vida estable y feliz, y ya no habla nadsat. En ese momento, Álex se siente viejo, con sus dieciocho años, para la vida de ultraviolencia que lleva; se imagina teniendo una vida como la de Pete, y siente envidia. He aquí un fragmento de sus conclusiones finales:
"Comprendí lo que estaba sucendiendo, oh, hermanos míos. Estaba creciendo. [...] Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal. No, no es tanto ser un animal sino uno de esos muñecos malencos (pequeños) que venden en las calles, pequeños chelovecos (individuos) de hojalata con un resorte dentro y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y ellos itean (caminan) como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que hacen. Ser joven es como ser una de esas malencas máquinas. [...] Cuando tuviera un hijo se lo explicaría todo en cuanto fuese lo suficiente starrio (viejo) para comprender. Pero sabía que no lo comprendería o no querría comprenderlo, y haría todas las vesches (cosas) que yo había hecho, sí, quizás incluso mataría a alguna pobre starria forella (mujer) entre cotos y coschcas (gatos) maullantes, y yo no podría detenerlo."

Y para finalizar mi resumen sobre la novela, añadiré otro fragmento sobre el momento en el que hablan sobre la técnica del Gobierno sobre Álex.
"-Como ven ustedes, nuestro sujeto se ve impulsado hacia el bien porque paradójicamente se siente impulsado hacia el mal. La intención de recurrir a la violencia aparece acompañada de hondos sentimientos de incomodidad física. Para aliviarlos, el sujeto tiene que pasar a una actitud diametralmente opuesta.
-[...] En realidad no tiene alternativa, ¿verdad? El interés propio, el temor al dolor físico lo llevaron a esa humillación grotesca. La insinceridad era evidente. Ya no es un malhechor. Tampoco es una criatura capaz de una elección moral.
-[...] No nos interesan los motivos, la ética superor. Sólo queremos eliminar el delito".

¿Qué opinan, lectores, sobre la ultraviolencia libre combatida con conductismo e incapacidad de decisión, pero mucho menos dañina para la sociedad?

domingo, 5 de agosto de 2012

En el cielo

Estoy tocando el cielo; si estiro el brazo puedo saber cómo de algodonosas son las nubes. Mi piel está siendo acariciada por un tierno rayo de sol que ondula entre las blancas sábanas del horizonte. Las palabras se convierten en susurros, para no restallar en el profundo silencio de la madrugada, y son acompañadas por el balanceo que produce la brisa. El tiempo parece pararse, pero en realidad avanza raudo hacia su propio final, conversando con los pensamientos que transportan las neuronas. Axones, dendritas, encargaos de transmitir el mensaje, es importante; saber todo lo que la piel puede percibir, también resulta relevante.
Aún quedan tonos violetas, que se van mezclando con los azules, hasta conseguir una tonalidad mixta tan predecible como sorprendente. Cierro los ojos, respiro y permito que ese rayito de sol me haga cosquillas, sabiendo que la sonrisa no tardará en llegar a mis labios.

lunes, 30 de julio de 2012

Vergüenza

Está ahí, latiendo bajo la piel. Se pega a los huesos, se atornilla a los músculos, se enreda en el Sistema Nervioso y se hace notar. Las mejillas se sonrojan, la cabeza se baja y la sonrisa se esconde. Sujeta las muñecas y pregunta:
-¿Te quito la vergüenza?
No es tan fácil. Pero intentarlo no parece complicado.
Entre tiempo y tiempo, abraza y susurra "sweet child o' mine".
¿Se escuchan? Son latidos de corazón, agitados pero acompasados. Late, pequeño músculo, no dejes de hacerlo, continúa. La piel se pega, los ojos se observan. Vence la vergüenza, es posible. Todo parece posible ahora. Respira, vive. Detén el tiempo, que no pase ni un segundo más. No es posible, lo sé. Pero lo sigue pareciendo. 

viernes, 27 de julio de 2012

Dulce

No sabía que unas almendras de chocolate pudieran ser tan dulces. Se derriten, con Sol o sin él, y emanan una suavidad irrefrenable. Apetece quedarse junto a ellas, mirarlas, comerlas. Apetece que nunca falten: sería tan horrible tener que echarlas de menos... El chocolate es tan líquido que parece que se pueda sumergir en su interior, navegar en profundos mares oscuros y beberlo a grandes tragos.
Y si el almendrado chocolate parece suficiente, aún hay más: éste queda rodeado por una nube de algodón de azúcar, tan suave que apetece usarlo de almohada. Es igualmente dulce, pero nunca hasta el punto de ser algodonoso. Y entre el manto de algodón hay pedazos de caramelo, de tiznes oscuros e igualmente dulces. Su sabor es comparable al trabajo del mejor respostero.
En definitiva, todo un apetitoso postre, todo un manjar. Todo un dulce de almendras con chocolate.

miércoles, 25 de julio de 2012

Juguemos

Vamos a jugar a algo que no habías jugado antes. Cierra los ojos, y dame la mano.
Yo te llevaré a un bosque encantado, repleto de hadas y duendes, y algún que otro dragón, de los que no hacen daño. Tienes que pisar el suelo con cuidado, no sea que caigas en una ciénaga; pero no has de preocuparte, yo estaré ahí para sacarte de ahí, al otro lado de tu brazo.
Respira fuerte, ¿lo hueles? Son violetas, dispuestas a perfumar tu cabello. Y si te fijas bien, tienen un brillo especial, y son más grandes de lo normal. Aquí no hay insectos polinizadores, ni de ningún otro tipo. Es un lugar donde nada puede picarte ni hacerte daño.
Allí, a lo lejos, hay verdes praderas húmedas, donde poder revolverse entre la hierba, ¿qué te parece el suave tacto?
Sonríe, vamos, lo estás deseando. No hay nadie más que pueda ver tu expresión de felicidad, así que despreocúpate.
Solo hay una pega: no puedes abrir los ojos. Si los abres, descubrirás que no hay dragones, hadas ni duendes; que las ciénagas no son más que charcos; que las escasas y pequeñas violetas no huelen muy fuerte; que hay muchos molestos insectos; y que las praderas son más pequeñas y sucias de lo que esperabas. Pero hay algo que no cambia: si miras al final de tu brazo, yo seguiré ahí, para salvarte de los charcos e inventarme bosques encantados.

domingo, 22 de julio de 2012

Síes y alfombras

-Sí.
Es increíble lo que da de sí una palabra, lo mucho que se puede pensar en ella y lo emocionante que resulta el camino a recorrer.
Observo sus ojos, y lo que me dicen. Lo que dicen cuando no hay palabras, e incluso cuando me esquivan. Lo observo detenidamente. Pienso en él, en todo lo que significa, en lo que podría significar. En lo que es y en lo que podría llegar a ser. Y repito lo que ya ha oído.
-Sí.
Y sonríe. Sonríe como si escuchara la mejor noticia de su vida, como si eso le hiciera el hombre más feliz. No puede evitar abrazarme, y yo no puedo evitarlo tampoco, ni lo pretendo. Porque yo ya tenía ese sí en mi cabeza, pero ya se sabe, no es igual saberlo que oírlo, dejar que los sonidos se mezclen con el aire y fluyan. Y dejarlos fluir es sumamente gratificante.
Esto es todo una aventura. Una nueva, brillante y lustrosa. Es como tener enfrente una gran mansión, y una alfombra roja a los pies. Hay miedo de adentrarse, miedo de romper o manchar algo, de no saber apreciarla como merece.
-Perdón-se dice, por adelantado.
-No tengo nada que perdonarte, pero mucho que ofrecerte.
Y con esa frase, se toma valor para pisar la alfombra.

martes, 17 de julio de 2012

Frío

Hablemos del frío. Del frío que hiela los huesos y llega hasta el alma, del frío que no se quita con el Sol, con calefacción, ni con mil mantas. Hablemos del frío de sentirse solo, de cuando te rompen el corazón, de cuando no queda nada bueno.
Hay pedazos congelados de ti, esparcidos por el suelo. Nadie puede verlos, por eso la gente pasa a tu lado sin verte, y los pisa, los deja ahí, a veces hasta resbalan con ellos sin entenderlo. Y pasan de largo. Pero tú sigues ahí, teniendo frío, en un rincón, tiritando. Esperando que llegue ese calor especial que derrita el hielo y te recomponga. Con paciencia, con tiempo, con amor.
El tiempo pasa. Y tú estás de pronto delante del mar, con el viento hacia ti. Miras la profundidad y quieres saltar, para que ésta sea la última vez que pasa frío. Doblas las rodillas, tomas aire y aguardas. Has oído algo. Tu nombre. Notas una mano en tu hombro, que lo repite. Te giras, y ahí está. Un rayo de Sol, dispuesto a quitarte el frío.

Inmensidad azul

Fuerza. Energía. Pasión. Movimiento. Fluidez. Constancia. Eternidad. Sosiego. Paz. Semejanza. Magnificencia. Todo eso me transmite esa inmensa y salvaje masa de agua en movimiento llamada mar. Cuando la brisa mueve mi pelo y acaricia mi piel, un pequeño escalofrío me recorre por fuera y por dentro. Dan ganas de zambullirse, pero entonces se tomará una perspectiva diferente: entonces apreciaré la sal en mi piel, y mi estaticidad se convertirá en movimiento: notaré las olas mecerse sobre mí, y mi cuerpo parecerá impulsarse solo para, armónicamente, balancearse. Posibilidades: nadar, bucear, quedarse flotando, e incluso luchar por permanecer quieta en la superficie, al menos todo lo que quieta que la mar me permita.
No es época de piratas ni de surcar los mares, no es época de descubrimientos ni de formar parte de la tripulación de grandes galeones de vela. Es época de barcos a motor, con, si acaso, pequeños botes de remos. Pero no parezco acordarme cuando miro ese universo que se muestra azul ante mis ojos: pienso en aquellas épocas pasadas, en navegar en un antiguo barco y en cruzar los mares. Ya se sabe lo que hay al otro lado, pero los mapas no pueden decir lo que los ojos verán.
Se escuchan gaviotas en sintonía con la majestuosidad de las olas al chocar  contra las rocas. ¿Y si escalara al peñasco más alto y me quedara allí a observar? La vista sería sublime.
Huele a sal. Y pienso en peces, en nadar como ellos en las profundidades, sin necesidad de salir a respirar. Pero luego recuerdo el tipo de pesca masiva del siglo XXI y la contaminación, y olvido la fantasía incumplible.
Podría pasarme la vida aquí, junto al mar. Por las noches, la Luna me acompañaría en mis pensamientos, y seríamos dos observadoras silenciosas de esta gran inmensidad azul.